Pocas cosas son más difíciles de soportar que la molestia de un buen ejemplo. Conductores que se quejan de las infracciones de los motociclistas, pero pasan en alto la luz roja o estacionan en doble fila; funcionarios que piden ahorro en tiempos de crisis, pero fomentan el consumo desmedido como estrategia de crecimiento; padres que aconsejan a sus hijos no hacer aquello que justamente hacen ellos... Pareciera que, en nuestros días, el buen ejemplo no solo escasea, sino que también provoca enojo. Y eso se traduce, según el psiquiatra Carlos Iriarte Bosco, en caos y violencia. "Estamos viviendo en una sociedad completamente bipolar. Pasamos de la agonía al éxtasis con una facilidad alarmante. Un gol puede generar el festejo más eufórico o la violencia más descarnada", señala.

El médico, que acaba de presentar su libro "Temas de salud mental" en la Facultad de Medicina de la UNT, afirmó en una entrevista con LA GACETA que los datos de la realidad resultan realmente alarmantes. "Hace 50 años, el concepto de la sociedad era comparable a otro tipo de patología: el trastorno obsesivo compulsivo. Porque aquella sociedad era mucho más estructurada y represiva. Hoy el trastorno bipolar, la bulimia, la anorexia y las adicciones en sus diversos tipos están moldeando una sociedad muy distinta. La violencia es un fenómeno que se acrecentó en los últimos 15 años. Siempre existió, pero nunca con la fuerza de hoy", enfatiza.

- ¿Podría decirse que todo está escrito en el genoma del hogar?

- Sin lugar a dudas. La familia es un cromosoma social. Aristóteles la define como una comunidad que sirve de base a la polis. Pero este concepto de familia está mutando. La mujer, por ejemplo, ha tenido en los últimos tiempos un crecimiento fenomenal en su participación social. Y el hombre aún no ha podido digerir ese crecimiento. Hasta no hace mucho, la mujer era la que criaba a los hijos y el padre el que proveía el dinero. Pero hoy los roles han cambiado y ya no están tan definidos como antes. Estos cambios han repercutido sin lugar a dudas en la familia.

- Es decir que estamos yendo hacia un tipo de sociedad mucho más histérica...

- Efectivamente. Vivimos en una sociedad completamente bipolar y vamos hacia una comunidad mucho menos solidaria y más bipolar aún. La solidaridad, para ser más preciso, es un valor que casi ha dejado de inculcarse a los hijos. Y cuando dejamos de considerar al otro nos convertimos en personas insensibles.

- En esta situación, ¿tienen algo que ver los líderes políticos, los funcionarios o los dirigentes sociales?

- Claro, tienen mucho que ver. No todo es culpa de los padres. Los líderes sociales no ayudan en nada a cambiar esta tendencia. Hay organizaciones gubernamentales que están tratando de parchar los agujeros que dejan los dirigentes, pero eso no alcanza para revertir esta tendencia inexorable. Por eso es necesaria una visión más antropológica de la vida. Una postura que ayude a recuperar nuestra humanidad.

- ¿Cómo se sobrevive entonces en esta sociedad resquebrajada?

- La tendencia es, por supuesto, a andar cada vez más rápido. Pero al andar más rápido perdemos de vista al otro y no disfrutamos del placer genuino. Ese placer que está definido por momentos inolvidables, como tomar un café o leer un libro a la sombra de algún ciprés o charlar con un amigo... Son momentos que a uno le permiten seguir andando. Y cuando dejamos de disfrutarlos a causa de vivir cada vez más apurados sobrevienen los trastornos de conducta. Las crisis de pánico, por ejemplo, no existían hace 20 años. Eran trastornos que aparecían de tanto en tanto. Hoy son muy comunes. Y todo porque no nos damos tiempo para debatir con el otro, para compartir. De manera que lo que nos hace falta ahora es recuperar nuestra dimensión humana. Compartir con el otro.

- ¿Cómo se supera entonces esta incomunicación creciente, este aislamiento del que habla?

- La clave está en el diálogo. ¡Vaya paradoja! En la era de la comunicación el diálogo entre padres e hijos casi no existe. Ni en la casa ni en la escuela nos han educado para hablar de nuestras angustias. Pero resulta que el diálogo, el compartir vivencias, es una condición básica de nuestra humanidad. Hoy, decir lo que uno siente es considerado un signo de debilidad. El 80% de los padres, para empezar, no juega con sus hijos. Y jugar significa dejar que la historia circule, sin preconceptos ni miedos. Es la forma de educación más primaria y efectiva. Porque en el juego es justamente donde los chicos dicen lo que sienten.

- ¿En el juego también se transmite el concepto de autoridad?

- Por supuesto. Pero la autoridad se incorpora principalmente con el ejemplo, no con la declamación. Por eso, cuando no hay autoridad sobreviene la violencia y todo lo que ella implica: las adicciones, la bulimia y la anorexia. Hemos llegado al punto de que ya ni siquiera se baja línea. Tanto los gobernantes y dirigentes, como los padres en los hogares, solo hacen lo que pueden en esta suerte de diáspora familiar en la que vivimos.

- ¿Qué consejos daría para salir de esta diáspora entonces?

- Según el psiquiatra argentino Salvador Minuchin, los padres deben cumplir tres roles fundamentales: alimentación, guía y control. Pero resulta que hoy en día maltratamos a los chicos desde la alimentación misma. Ya no se hace sopa en la casa y los chicos casi no conocen la verdura. La guía, ese principio de autoridad que requiere que los padres estén mínimamente de acuerdo en cómo educar al hijo, prácticamente no existe. Y el control, tomado como sinónimo de cuidado a fin de que el chico separa administrar sus propios límites, está ausente en gran parte de los hogares. De manera que lo que debemos hacer es recuperar nuestros viejos paradigmas educativos. Los quichuas decían esto: 'para vivir no hay que mentir, no hay que robar y no hay que ser flojo'. Esta máxima, para el pueblo quichua, tenía un valor aún mayor del que podemos darle nosotros. Pero el mensaje es el mismo. Estas tres máximas, sumadas a las de Minuchin, son simples pero asombrosamente efectivas. Si se sabe llevarlas a la práctica en el seno del hogar, todo replicará después en la sociedad. De hecho, en este tema no hay nada que inventar. Todo ha sido dicho ya. Es cuestión de recuperar aquellos valores de nuestros ancestros y aplicarlos en nuestras casas, con las singularidades propias de nuestra época.